Brujas y tradiciones3 min de lectura
Curanderas, santiguadoras y saludadores
Antes de que hubiera médico en cada pueblo, había otra persona a la que acudir: la que sabía de hierbas, la que rezaba contra el mal de ojo, el que curaba la rabia con el aliento. No eran brujas, aunque a veces las trataran como tales.
En la España rural de los siglos XVI al XX, la medicina oficial era cara, lejana y a menudo poco eficaz. Para los males de cada día, la gente acudía a personas del pueblo con saberes propios, que se transmitían de padres a hijos o de abuelas a nietas. Recibían muchos nombres según la región y la especialidad.
Las curanderas y las santiguadoras
La curandera conocía las plantas: las infusiones para el estómago, las cataplasmas para las heridas, los baños para la fiebre. Parte de ese saber era útil, y parte de él ha llegado a la farmacología moderna. Otra parte, en cambio, era peligrosa, como el uso de la ruda o la artemisa para provocar la menstruación.
La santiguadora (o ensalmadora) curaba con palabras y gestos: hacía la señal de la cruz sobre la parte enferma mientras recitaba una oración en voz muy baja. Se santiguaba contra el mal de ojo, el «aire», las lombrices, el dolor de muelas o la erisipela. Las oraciones eran secretas y solo podían transmitirse en ciertas fechas, a menudo la noche de Navidad o la de Jueves Santo, y a una persona más joven.
Los saludadores
Los saludadores eran una figura muy española, y masculina. Se les atribuía el poder de curar y prevenir la rabia, la enfermedad más temida del mundo rural antes de la vacuna de Pasteur (1885), soplando, echando el aliento o la saliva sobre las personas y los animales mordidos.
Se decía que nacían con una señal: una cruz en el paladar o una rueda de Santa Catalina bajo la lengua, o que eran el séptimo hijo varón seguido de una familia. Para demostrar su poder, algunos sostenían hierros al rojo o caminaban sobre brasas. Muchos ayuntamientos los contrataban de forma oficial para que visitaran el ganado del pueblo, y en los siglos XVI y XVII cobraban un sueldo municipal.
Los componedores
El componedor, algebrista o huesero arreglaba huesos dislocados y torceduras con las manos. Era un oficio práctico, a medio camino entre la medicina y la tradición, que en muchos pueblos sobrevivió hasta bien entrado el siglo XX.
La Inquisición y los curanderos
La Inquisición vigilaba a estas personas, pero no las persiguió como a las brujas. Los procesos contra curanderos y santiguadores por «superstición» fueron frecuentes, pero las penas solían ser leves: penitencias, destierros o la prohibición de seguir curando. El problema, para los inquisidores, no era que curaran, sino que mezclaran oraciones de la Iglesia con fórmulas mágicas sin autorización.
Los saludadores, en particular, generaron mucha polémica: algunos teólogos los defendían como un don de Dios y otros los consideraban farsantes. El fraile Martín de Castañega ya los criticaba duramente en su Tratado de las supersticiones y hechicerías, de 1529.
Qué queda hoy
En muchos pueblos de España y de América Latina sigue habiendo personas que «santiguan» o «quitan el aire», sobre todo a los niños, y familias que conservan oraciones y remedios de sus abuelas. Hay etnógrafos que llevan décadas recogiendo esas oraciones antes de que se pierdan.
Lo valioso de ese mundo no es tanto su eficacia como lo que dice de las personas: una red de cuidados en comunidades sin médico, con mujeres que sabían de plantas y que sostenían a sus vecinas en el parto, la enfermedad y el duelo.
Antes que brujas, las mujeres que sabían de plantas fueron curanderas, santiguadoras y parteras de su pueblo.
Escrito por el equipo de La Hora Bruja. Las fechas de la luna y las cifras están calculadas para este artículo, y los datos históricos, contrastados con sus fuentes. Cómo escribimos el diario.
