Brujas y tradiciones3 min de lectura
Las brujas de Zugarramurdi: lo que pasó de verdad
En noviembre de 1610, la Inquisición quemó en Logroño a once personas acusadas de brujería en un pequeño pueblo navarro. La historia es terrible, y tiene un final que casi nadie cuenta: el inquisidor que demostró que todo había sido un engaño.
Zugarramurdi es un pueblo de Navarra pegado a la frontera con Francia, con una cueva enorme por la que pasa un arroyo. A principios del siglo XVII, al otro lado de la frontera, en el Labort francés, el juez Pierre de Lancre estaba llevando a la hoguera a decenas de personas acusadas de brujería. El miedo cruzó los montes.
Cómo empezó
En 1608, una joven del pueblo, María de Ximildegui, que había vivido en Francia, contó que había asistido allí a reuniones de brujas y acusó a varias vecinas de Zugarramurdi de hacer lo mismo. Las acusaciones se multiplicaron, las confesiones (muchas arrancadas por el miedo y la presión de los vecinos) también, y el caso llegó al tribunal de la Inquisición de Logroño.
Las acusadas contaban historias que se repetían de un interrogatorio a otro: reuniones nocturnas en un prado junto a la cueva, un demonio en forma de macho cabrío, sapos vestidos que guardaban los niños, ungüentos y vuelos. A esas reuniones se las llamó akelarre, una palabra vasca que significa «prado del macho cabrío» (aker, macho cabrío, y larre, prado), y que la Inquisición extendió a toda la lengua española.
El auto de fe de Logroño
Los días 7 y 8 de noviembre de 1610 se celebró en Logroño un gran auto de fe ante miles de espectadores llegados de todo el norte. De las personas condenadas, once fueron sentenciadas a muerte por brujería: seis fueron quemadas vivas y otras cinco, que habían muerto ya en la cárcel, fueron quemadas en efigie, con muñecos que las representaban, junto a sus huesos. Muchas otras recibieron penas menores.
El inquisidor que no se lo creyó
Uno de los tres inquisidores del tribunal, Alonso de Salazar Frías, no estaba de acuerdo con las condenas. En 1611 recorrió durante meses la zona con un edicto de gracia, que perdonaba a quien confesara, y recogió casi dos mil confesiones, la mayoría de niños y jóvenes. Las comparó con cuidado, comprobó los lugares de los supuestos akelarres, hizo analizar los «ungüentos» que le entregaron (resultaron ser sustancias inofensivas) y encontró contradicciones por todas partes.
Su conclusión, en el informe que envió a la Inquisición, se ha hecho famosa: «no hubo brujos ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos». Es decir, que fue el propio proceso, con sus sermones y sus interrogatorios, el que creó la epidemia de brujería.
Le hicieron caso. En 1614, la Suprema, el consejo de la Inquisición, dictó unas instrucciones que hacían casi imposible volver a condenar a alguien por brujería sin pruebas materiales. Mientras en Alemania, Escocia o Suiza las hogueras seguían ardiendo durante décadas, en España los procesos de brujería prácticamente se acabaron. Lo contamos con cifras en España y la caza de brujas.
Zugarramurdi hoy
La cueva se puede visitar, y en el pueblo hay un museo de las brujas que cuenta la historia con mucho cuidado. Las vecinas de 1610 se han convertido en un símbolo, y no de brujería, sino de lo que pasa cuando el miedo de un pueblo encuentra a alguien a quien culpar.
«No hubo brujos ni embrujados hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos.» Alonso de Salazar Frías, 1612.
Escrito por el equipo de La Hora Bruja. Las fechas de la luna y las cifras están calculadas para este artículo, y los datos históricos, contrastados con sus fuentes. Cómo escribimos el diario.